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by Jonathan AlzateJimenez
Diario del Absurdo
Mi calle

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Entre Barbacoas, psicodelia y la calle del pecado…

Hay un lugarcito en este mundo donde Alicia, la del país de las maravillas, podría quedarse asombrada. Allí no encontraría conejos con la manía del tiempo, ni encontraría reinas de corazones. Probablemente encontraría sombrereros locos, liebres asesinas, mutantes y hongos, muchos hongos con la capacidad de cambiar las cosas…incluso de cambiar vidas.



Son las 5 de la tarde de un lunes sobre el cual no ha llovido todavía. Y es que, últimamente, ha estado lloviendo más que de costumbre, porque acá hace mucho tiempo no hay primavera. Las balas y el agua se han ido apoderando de esta Medellín que ya no se parece en nada a otra Medellín de hace muchos, muchos años. A finales de los 80´s Medellín colapsó con la ola invernal que inundó parqueaderos en varios edificios del centro de la ciudad, ensanchó la quebrada de “La Iguaná”, inundó barrios por doquier, “llovía sobre mojado”. Pero esta nueva época, 20 años después, no es la excepción. Son días ambivalentes, bipolares, maniaco depresivos. En la mañana pueden estar calurosos y llenos de vida, por la tarde furibundos y con ganas de acabar con todo, o viceversa. Sin embargo el tema del clima lo podemos discutir en otra ocasión, ahora me interesa mostrarles una calle de Medellín, otra calle, una muy peculiar, una a la que llaman “Barbacoas”. Mi intención es dar unas pinceladas a este espacio en blanco para enseñarles que hay detrás de esta parte de Barbacoas, la partecita que esta abajo, la parte donde conviven prostitutas, drogadictos, hampones, transexuales, maricas, ejecutivos, habitantes de la calle, los del arte callejero, los estudiantes universitarios, los de colegio, los mimos, los payasos, los que venden confites, los que trabajan allí y allá, es una pequeña ciudad.


Esta parte de Barbacoas se encuentra entre la avenida Palacé y la de Bolívar y entre la calle 55 y 56, por el sector de la estación Prado del Metro. Detrás de el cine Capítol, esa misma sala donde ponían inicialmente películas de Pedro Infante, Javier Solís, Cantinflas, entre otras celebridades del cine Mexicano, luego se convirtió en una sala de las denominadas Salas X o porno y en últimas fue un centro cristiano. Del Cine Capitol solo queda el recuerdo de su nombre marcado en una esquina y los eternos travestis que deambulan de allá hacia acá como si se tratase de una pasarela eterna. Sin embargo Barbacoas zigzaguea de manera extraña desde más arriba de la Av. Oriental y más abajo de Bolívar. Incluso el sector de Barbacoas que compone la Calle 57 y 57A entre Avenida Oriental y Sucre, carrera 47, es un sector apetecido por la comunidad gay, en internet podrás encontrar páginas en las que se tiene a la calle Barbacoas como un sitio de diversión para los LGBT. Entonces ¿qué cosa es Barbacoas?: Barbacoas es la calle de la que voy a hablar hoy. Pero yo no subiré hasta la calle 57 ni la 57ª yo me quedaré más abajo.

Mirando llegaste…

Como pueden ver, estoy sentado al lado de un hombre que sorbe un poco de humo compuesto de bazuco quemado. Es un hombre que tiene 34 años de edad, dice que se fue de su casa hace unos 7 días y que su casa queda por el barrio Antioquia “en donde venden el mejor bazuco de la ciudad”. La pipa de este hombre es, en realidad, una botella de gaseosa plástica –de esas de coca cola de 600 ml-. La botella esta aplastada, en la parte de atrás hay un orificio, o boquilla, por la cual el hombre sorbía el humo que, al parecer, lo electrocutaba; la parte delantera de la botella o pico, o hornillo, estaba elaborado rústicamente con un pedazo de aluminio lleno de pequeños orificios, hechos con la punta de un alfiler. Al hornillo le echaba cenizas de cigarrillo y base de coca. Sosteniendo la botella con su mano izquierda mientras la mano derecha acercaba la candela al pico del envase, esta escena parecía una especie de ritual de destrucción progresiva. Un momento después un denso humo apareció por los aires. Luego el hombre se empezó a contorsionar como si todo el cuerpo le picara.

¿Qué siente?-le pregunte-¿Un calambre, un azare?…no sé como describírtelo-respondió el hombre torciendo desencajadamente su boca-. Por cierto nunca me dio su nombre, siempre evadía la pregunta del: ¿Cómo te llamas?, ahora estaba más “encalambrado”.

Al lado nuestro se encontraban dos hombres, eran estos un jovencito de unos 17 años y un señor de avanzada edad, o eso parecía, ambos estaban jugando “cajita”. Este juego tiene como finalidad lanzar una cajetilla de fósforos de manera tal que esta caiga en los costados, o “de pie” –como me dijo Andrés, el jovencito que estaba jugando-. Esta pequeña ciudad es algo caótica porque siempre transitan personas de aquí hacia allá, unos están sobre el muro que se extiende sobre el costado izquierdo de la calle. En este lado encuentras personas metidas entre cajas fumando bazuco. Otros simplemente se encuentran de paso mientras se fuman un mariguano, compran un poco de perico o unas ruedas –pastillas de control, rivotril, clonazepam-.
¡Bon ice,bon ice!-Grita un hombre bastante harapiento que esta tirado sobre la acera. Ese no es un grito para comprarle a un vendedor del bolis con pingüinos a bordo, ese es un grito de alerta porque una moto con dos policías esta pasando por la calle. Con ese ¡Bon Ice! Se suspenden las ventas de las viandas mentales que muchos hombres se comen en est



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